Que suerte que apareciste así de sencillo, tan casual, de otra forma te habría ignorado. Me creí superior un instante, y con sutileza me hiciste ver que no era el modo de sanar la herida, no es cuestión de "tapar", más bien es sacar desde dentro el remedio. En un momento pensé que te desvanecerías habiendo dejado palabras tan llenas de verdad y confianza en mis oídos. Fue como si me conocieras de toda la vida, y hubieses estado esperando para hablarme. Te lo agradecí en el momento y lo haré siempre…
Gracias, querida Puebla de los Ángeles.
Mayo 26, 2006
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